4 de febrero de 2014

Una magnífica demostración del poder del universo, la naturaleza en su máximo esplendor. Un momento de magia que el hombre es incapaz de interrumpir ni contaminar con obras artificiales, tan solo puede contemplar el instante o esperar que pase.

La combinación de factores que ponen en marcha el espectáculo mezclados a su vez con sus efectos sobre el suelo dando el característico olor a tierra mojada que dejan esa sensación de limpieza y hacen que olvide lo grande que puedo sentirme ante el mundo recordándome en cambio lo insignificante que realmente soy ante cada trueno que se ve acompañado por el gotear de a momentos más intenso y en otros casi imperceptible sobre las superficies del cemento que me rodea.

Tan simple y profunda la tormenta llena el vacío silencio de una ciudad que duerme a la espera del arco iris tras el amanecer y en su gran mayoría se priva de lo lindo que es bailar (aunque se dejando que la mente se transporte) bajo la lluvia.

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