16 de abril de 2016










Cumpliendo en estos días el primer mes como miembro del movimiento me encuentro pensando en alguna experiencia vivida para contar o algo que decir al respecto...
inmediatamente se viene a mi mente el minuto cero, cuando, caminando a paso apurado por Pellegrini, ya a punto de llegar a la esquina en la que había quedado determinado el encuentro con el grupo, me interceptó una nena, chiquita, de unos 4 años, pidiéndome "una moneda". Dándome cuenta en ese momento que había agarrado todo lo que debía llevar menos la billetera le dije que no tenía nada, probablemente sufriendo más yo que ella por la respuesta a la que se debe enfrentar mil veces por día.

Llegué a la esquina de "La Gallega".

Pensativa miraba a quienes estaban sentados en la puerta cuando levantándose de golpe todos los nenes y nenas se abalanzaron sobre un grupito que se aproximaba cargado de cajas, mochilas, termos y sonrisas al verlos.

A los pocos minutos y casi sin darme cuenta ya estaba rodeada yo también, con una lista de preguntas que responderles mientras me hacían un par de trenzas en el pelo.

Entre ellos estaba Natasha, esa nena que me había pedido una moneda hacía 10 minutos.

En ese momento, sin entender mucho, todavía, de como funcionaba todo, me sentí más segura que nunca de que quería ser parte. Quería hacer algo por ellos, no solo darle esa moneda al pasar para sentirme mejor conmigo misma por los siguientes 10 minutos hasta olvidarla.

Durante la recorrida, esa misma noche, entre charlas me contaron la historia de un señor al que ayudaron para que consiga trabajo manejando un taxi.
Él solía vivir en la plaza pero ahora ya estaba instalado en una pensión y, siempre que podía, los ayudaba con su taxi llevando las viandas de comida desde donde se hacen al punto de encuentro de la recorrida.

La historia me dejó fascinada, llegué a mi casa a contarla y mientras más la repetía más emoción me generaba.

Si me preguntaban hasta ese momento porque quería sumarme a hacer lo que hacemos con los chicos, solo podía contestar que se trataba de una necesidad inexplicable. Por momentos ni yo le encontraba un sentido, pensando que "en un mundo tan grande y lleno de problemas que puedo cambiar yo en dos veces por semana".

Después de un mes me di cuenta de que todos tenemos un potencial inimaginable, la posibilidad de cambiar el mundo para alguien mas con pequeños gestos que se vuelven enormes y el hecho de poder marcar la vida de, aunque sea una persona, torcer su rumbo y ayudar a que su día sea un poquito mejor, justifica para mi y, creo yo, que para todos, el esfuerzo y tiempo dedicados y es el motor para seguir, ese porqué hacemos lo que hacemos.

Noté en mis compañeros, al escucharlos contar esta y otras historias, el orgullo y la emoción que sentían, historias en las que dejaron una huella permanente y que seguramente recordarán para siempre.

Esto es lo más lindo que encontré en las recorridas: la simpleza de sentirnos bien nosotros ayudando a que otros estén mejor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario