3 de julio de 2016



Vivo ejemplo de lucha incansable. Imagen de la perseverancia extrema, de esa que llega, por momentos, a parecer casi absurda. Del idealismo y la fe en que se puede, siempre y se debe intentar hasta las últimas consecuencias y más allá.

Ayer, escuchando su brindis en festejo, feliz, de los 60 años vividos, como él exactamente dijo: intensamente, pensaba en lo afortunada que soy al, no solo poder disfrutar de la amistad más pura que, creo yo, puede existir, con su hija, sino también llegar a conocerlos un poquito, lo suficiente como para tener piel de gallina ante este festejo.
Quizá porque es de esos festejos que hablan de lucha, de juntar fuerzas para seguir, de hinchar el pecho de orgullo por lo conseguido, pero que junto con el aire de gloria siente llegar la presencia de quienes están representados por el fin en sí mismo, por el triunfo y la constante pelea por lo que resta, pero que perdieron su batalla personal antes de terminarla.

Contagian entusiasmo.

Cuando el normal de la gente grita "no te metas, no vale la pena, no vas a conseguir nada", son esa llama encendida con fuerza que recuerda que si, a pesar de tanto, ellos hoy siguen creyendo, peleando, logrando, sonriendo, brindando junto a las maravillosas personas que se encuentran queriéndolos, si ellos siguen, se puede seguir, siempre.

Son de esas personas con la admirable capacidad de educar a través del ejemplo, del acto, del gesto, de su vida misma. Transmiten ganas de aprender, crecer, lograr dejar, por lo menos, un pequeño porcentaje de lo que logran ir haciendo y dejando. 

Porque estoy completamente segura que si a este mundo le quedan chances de ser un lugar mejor, esas chances están en manos de personas como ellos.

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